“Ayer” es una colección de poemas hechos en el desamor. Un texto de carácter intimista; un intento de explorar los límites de la palabra para comunicar sensaciones que escapan a la razón.

viernes, febrero 08, 2008

Camarada Trenado

Ahora que la Memoria Histórica es de Ley (aunque la ley no siempre se ajuste a Derecho, ni ambas cosas, a la Justicia), me he decidido a escribir algunos versos para expresar respeto y agradecimiento hacia del dolor de toda una generación de mujeres: esposas, madres, novias y hermanas de los presos políticos del franquismo. Estos renglones valen tanto para las mujeres de aquel tiempo como para las de cualquier época, y no pretendo ignorar que también existen presas, cierto es, pero estos versos de hoy, se dirigen precisamente a las olvidadas, a su dignidad, a su discreto heroísmo cotidiano y a su infinita ternura.

Camarada Trenado

De tus lágrimas, el olvido;
de la razón, la firmeza.
De aquellos años, la esperanza;
y en nuestros días... dignidad.

Aquellos postes enlazados...
y el traqueteo en soledad;
frugal resuello de Castilla,
andén desnudo, de Libertad.

Cada día con sus horas,
y todas ellas en singular,
con tu constante acto de lucha,
abrías el cerco a la bondad.

Rompías la noche oscura
con el rocío de tus mejillas,
y cada viaje hacia la nada,
era un camino a la ternura.

Tu seguro amor discreto,
como el de un sol que nadie ve;
no puede ser recuerdo extraño,
ni cosa de una sola mujer.

Oídme bien, rehenes de España:
¡Salid a ver a vuestra madre!
¡Volved los ojos a la mujer!
que algunos miran, sin saber.

Gracias, Máxima, y Rosa, y Ángela,
y gracias también, Federica y Libertad;
gracias Empar, Teresa y Ludivina.
Gracias mamá. Gracias, mujer.

domingo, octubre 02, 2005

Un mar de sueños

A veces, cuando no estás,
observo esa ventana
de añil —ya blanco—,
en la que guardas el mar.

Y hago como que olvido,
como que no existes…
que no sé quien eres,
ni conozco tus manos.

Y en verdad no sé quien eres,
no sé, ni si no eres,
ni donde estás… si estás.
Porque no sé nada de ti.

Entonces, lloro a escondidas,
porque los días pasan,
porque el tiempo se va,
y porque me duele la vida.

Porque a veces, cuando no estás,
oigo cristales que se me rompen
y me hieren entre las sombras,
a resguardo de mi vergüenza.

Entonces, la ventana te añora,
y mis lágrimas se mezclan
con las del mar…
el mar, que tú mirabas.

Porque sucede que a veces,
a veces, vivir me cuesta tanto,
que noto que tu ventana me mira,
y sonríe confiada, y me canta:

“…Ya sé que estoy piantao,
piantao, piantao;
yo miro a Buenos aires,
el nido de un gorrión…”.

Entonces, me acobardo,
dejo de llorar,
me oculto de mi alma,
y aún pienso que… pero no.

Entonces, regreso al trabajo,
frente al mar -pero sin él-,
junto a la vieja ventana,
esperando la nada, sentado.

Será que lloro para nadie,
será que no sé llorar,
que la razón no me encuentra
y el mar… ¡ah! el mar.

Mas, me queda tu recuerdo…
y aquel añil -ya blanco-
de tu vieja ventana.
¡Casandra de madera!

Me quedan las gaviotas
—supongo—, y la brea…
y me queda la silla,
y las paredes oscuras.

Y me quedo yo, sin ti;
triste, junto al mar triste,
porque el mar te echa de menos,
como solo el mar puede sentir.

Argentina

Así como las
rosas derraman con sus
gotas el
embrujo de
nuestro despertar; así
te siento yacer hoy,
inerte sobre la
nieve que los
Andes besarán.

Delirio creativo,
edén azul y austral.

Montes esmeraldas,
inabarcables a la razón.

Cien mil veces me
oirán, tu nombre
recitar:
“Argentina, Argentina…”.
Zaguán del paraíso,
ondea tu Sol al viento;
¡nunca vuelvas a llorar!

Venganza

Maestro en el arte de la espera,
adueñado y sometido por mi odio;
cada paso es un nuevo episodio,
que me aproxima a la acción certera.

Permanezco tranquilo a tu vera,
se diría, soy tu ángel custodio;
mas pensar lo cercano del podio,
exalta mi sangre sobremanera.

Me revuelco entre mi propia ira,
y llego a llorar de satisfacción,
viéndome arrancarte la vida.

Destello de rabia en mi corazón:
lento estoque y obscena herida,
derrama tu suerte con mi punzón.

Los otros

En los océanos de la mentira,
donde apenas alcanza la mirada,
se encuentra una nave extraviada,
repleta de almas a la deriva.

El pequeño Hadmed ya no respira,
y su madre llora desconsolada.
Ojos tibios y expresión helada…
apenas una lágrima escondida.

Tragedias griegas en el desayuno,
noticias que no hablan de nosotros:
huevos fritos con bacon y un zumo.

Laderas verdes, caballos y potros…
Por nacer en el lugar oportuno,
casi olvido que soy como los otros.